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Aquello fue como un baño de vitalidad para renovar energías.
Es increible como casi un par de horas dentro del temazcal ceremonial de Yolotlali, nos permitieron volver intensamente al momento presente, conectándonos con lo que nos es natural, la cercanía a la Pachamama, nuestra Madre Tierra.
Como todo en la vida, tuvimos que soltar, abandonar o liberarnos de algo para poder abrirnos a otra cosa nueva y diferente. Así que aquel sábado 26 de febrero, los allí presentes, dejamos atrás nuestra nuestro estilo de vida citadino, ajetreado y estresante de los días anteriores, ciertos compromisos sociales o hasta la idea de quedarnos en casa a descansar para reponernos de una agitada semana de trabajo. ¿Y todo esto para qué? Para entrar a otro contexto. Un contexto donde sí es posible experimentar el amor por las cosas sencillas de la vida, sin máscaras ni poses y donde uno se siente en armonía con la propia escencia, con los que comparten la experiencia en ese momento y con toda la creación.
Acudir a un temazcal así fue muy enriquecedor en todo sentido, no solo como experiencia individual, sino familiar y grupal. Tres generaciones allí reunidas, adultos, jóvenes y niños, familiares, amigos y conocidos, mexicanos y extranjeros, hombres y mujeres. De los 17que éramos, 5 eran niños.
La primera vez que uno llega al lugar, se experimenta un sentimiento de amplitud y libertad por tanto espacio: se puede ver a la lejanía. Hay areas verdes, dos pequeñas albercas, palmeras, bugambilias, dos caballos – suficiente tierra- y al fondo, el temazcal con su media luna, junto a la cual se enciende el Abuelo Fuego, todo esto delimitado y protegido por estacas adornadas con listones y pedazos de tela de vivos colores.
Al llegar, es muy agradable recibir la cordial bienvenida de Sandro Comazzi y de Angel. Luego de ubicarnos, comer algo rico –había variedad para escoger ya que cada uno trajo algo para compartir- ponernos ropa adecuada y descalzarnos, nos dispusimos a participar en la ceremonia para encender el Fuego Sagrado.
Comenzamos a involucrarnos de verdad cuando tomamos un tronco ligero y oramos con él levantando los brazos y luego lo llevamos nuestro pecho en cada una de las cuatro direcciones cardinales. Los dos primeros troncos los colocamos en el piso, paralelos y verticales a la entrada principal del temazcal y entre ésta y la media luna que representa –según ciertas tradiciones- el camino de nuestra vida.
Encima de estos, pusimos otros troncos en forma perpendicular. Enseguida, algunas piedras volcánicas, luego paja y finalmente estacas paradas formando una especie de pirámide. Se abrieron 4 orificios entre la paja para que el fuego pudiera respirar o recibir oxígeno. Una vez encendido, nos alejamos un poco, por precaución. La mayor o menor intensidad del Abuelo y la facilidad con que prende cada vez es directamente proporcional al aire que lo afecta y a la fuerza de concentración de la oración previa. El Abuelo Fuego se encargó de volver incandescentes a las Abuelas Piedras.
Incluso tuvimos la oportunidad de observar la oracion del tambor de agua , es decir cómo se elaboraba y energetizaba este instrumento, al igual que el detallado de una sonaja hecha con un pedazo de bule y pelo de crin de caballo. También hubo tiempo de escuchar las carcajas de los niños mientras nadaban o corrían juntos tratando de volar agarrados de una enorme sombrilla. Interesantes sus ojitos de fascinación al mirar a la yegua encinta o observar a una parvada de pericos acercándose, ya cerca del ocaso.
Pasado un rato y antes de poner pié otra vez en el area ceremonial, Angel nos purificó con copal y tomamos un poco de tabaco, para volver a orar y arrojarlo al Abuelo. Para acceder al temazcal, uno a uno de los 8 participantes, nos fuimos hincando, poniendo la frente en la Madre Tierra, mientras pronunciábamos –por todas mis relaciones, ahoo!-
Una vez dentro, atravezamos simbólicamente 4 puertas, cada una de unos 30 minutos aproximativamente de duración. La primera, al este –dedicada al Gran Creador-, la segunda al sur, fue para la familia, siete generaciones antes y después de nosotros. La terecera al oeste, para los amigos y todas nuestras relaciones y la cuarta y última –al norte- para nosotros mismos. Sandro les dijo a los que estaban por primera vez que tenían la libertad de salir, luego de cualquiera de las puertas, si les resultaba difícil quedarse.
Durante el proceso, se pusieron hierbas aromáticas medicinales como lavanda o cedro sobre las Abuelas, provenientes de diversos sitios desde Hawaii ,Mexico hasta Europa. Ellas tenían un tono rojo vivo encendido y parecía contener estrellas parpadeantes cuando entraron, ayudadas por una pala de metal y ordenadas con mucho cuidado en el centro con dos cuernos de venado. Al rociarles agua, se generó un fuerte vapor. Se nos dijo que, entre más elevado el calor, mayor debería de ser la intensidad del rezo y el canto conjunto. Presenciamos cómo Sandro sanaba a un participante y aligeraba de su carga.
En resumen, fue un tiempo para orar juntos por lo bueno de la vida y agradecerlo, para sentir el propio cuerpo y experimentar los contrstes físicos, como la intensidad del calor o la fescura del aire frío del exterior al abrirse la puerta de tela, de compartir sinceramente, lo mismo el silencio, que los pensamientos y sentimientos profundos o el buen humor, de permitirnos un espacio de tranquilidad donde fluyen los bellos pensamientos y el deseo de hacer algo por los otros. Es una gran alegría estar cerca de quienes intuyen o saben con claridad que la vida es algo más que vivir para comer, junto aquellos que van por su propia senda, tienen sueños y ganas de aterrizarlos!
Gracias Sandro, gracias Angel, gracias a todos los que creamos este día. Ahoooooo!
Lolis.
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